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Sabadell: Los catalanes ante los bancos | Economía

Sabadell: Los catalanes ante los bancos | Economía

Un banco es un fajo de números y un propósito profesional. Pero tanto o más, es su destinatario, la clientela: el entorno al que sirve, un tablero socioeconómico, su tejido territorial. El de Sabadell es, amén de sus más recientes vínculos valencianos, una urdimbre con Cataluña, su empresariado: ¡sus pymes!. También es una trama histórica de complicidades desde que nació en 1881.

Entrado este siglo los catalanes parecían haber saldado su atribulada trayectoria financiera. Con dos palancas. Una, la decena de cajas de ahorro especializadas en familias, vivienda, consumo. Otra, dos entidades fuertes: la mayor de aquellas cajas, convertida en banco (Caixabank, en 2011) así como un banco de origen local y textil-lanero, el Sabadell, meteóricamente catapultado, mediante 14 absorciones en pocos años, a cuarto grupo bancario español.

Antes de eso, hubo pesares en los dos subsectores, bancos y cajas. Cataluña, que “comenzó construyendo muy adecuadamente sus instrumentos financieros hasta el inicio” del siglo XX, “vio después a través de quiebras muy famosas” –la peor, el desplome del gigante Banco de Barcelona en 1920–,”cómo los instrumentos financieros de acumulación y dirección se le escurrían de los dedos”, escribía Joan Sardà en 1967 al prologar “L’aptitud financera de Catalunya”, de Jacint Ros y Antoni Montserrat. La empresa privada había quedado seca en préstamos: “Nuestra industria está en un círculo vicioso; no se amplía porque no tiene crédito; no lo tiene porque es demasiado pequeña para merecerlo”, lamentaba cuarenta años antes Romà Perpinyà i Grau. Y siguió siendo cierto largos decenios.

Esta memoria histórica sigue operando en el subconsciente colectivo. Como la credibilidad de la Caixa desde la guerra civil, cuando operó en ambas zonas y al acabarse honró todos sus compromisos, incluidos los depósitos en pesetas republicanas. ¿Solo números? Sí, claro, pero organizados en propósito, y para una utilidad.

Las entidades de ahorro debían competir con la banca con corsés legales más estrechos. Sobre todo hasta 1978. Pese a ello, se expandieron en Cataluña –y más allá– a nivel alemán. Mandaban más y más en el mercado financiero conjunto: superaban sus dos tercios, por solo cerca de la mitad en el global español. En 2003 su cuota de oficinas era del 68,23% (por el 52,97% en España). En 2002, su cuota en depósitos ascendía al 70,195 (por el 51,25%); y en créditos, el 53,61% (contra el 45,56%), cifró Joan Cals (El éxito de las cajas de ahorros, Ariel, 2005). Esta hegemonía cajera es clave de su arraigo territorial y social, basado en “facilitar el acceso a los servicios financieros para los colectivos desfavorecidos, apoyo al desarrollo económico de la zona de actuación y reversión a la sociedad local de parte de los beneficios obtenidos”, subrayaba Cals.

La intención del BBVA de adquirir el Sabadell cosecha hoy un recelo adicional entre los catalanes –Bilbao y Vizcaya suscitaban admiración—no solo por miedo a perder “su” banco especializado en pymes. O porque la concentración estrangularía aún más la competencia que en el conjunto: ya hay un 46% de los municipios catalanes sin cajero automático, reza el informe 2022 de la Autoritat Catalana de la Competència. También porque la entidad de remoto origen vasco ya ha incorporado a su perímetro a seis de las nueve cajas del Principado. ¿Por qué eso erosiona su percepción social?

La succión de la mayoría de las 45 entidades de ahorro españolas de 2008 por sus rivales bancarios tras derrumbarse tras la Gran Recesión de 2008 (sobrexposición a lo inmobiliario, limitaciones legales, gobernanza desordenada) se realizó sin auténtico debate ni digestión. Esa salida de urgencia dejó un dolor oculto, ahora reabierto. Más agravado en el tablero socioeconómico catalán. Pues el cuarto banco español se había consagrado como la segunda gran palanca –junto a Caixabank— para saldar la encrucijada de decepciones históricas… al menos con empate. Hasta ahora.

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